“El político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas
generaciones y no en las próximas elecciones”.
Winston Churchill (1874-1965).

Evaluar de forma imparcial como ciudadanos un ejercicio de gobierno es una tarea muy complicada hoy en día, quizás un poco confusa, pues generalmente involucramos sentimientos, favoritismos o antipatías personales hacia un partido político o personaje, inclusive podemos dejar de lado el análisis de los datos duros y las realidades de los hechos que nos permitirían llegar a la mejor y más equilibrada conclusión. Porque solo existen dos opciones de respuesta: un gobierno es eficaz o simplemente no lo es.

En el presente, tal pareciera que nuestra sociedad está influenciada hasta la médula y bombardeada por la mercadotecnia política por medio de las redes sociales, en donde pensamos que aquel político que mejor salga en la foto, ese debiera ser el mejor candidato o gobernante. ¿Nos estamos dejando llevar por los sentimientos en vez de pensamientos, propuestas, proyectos e ideas?

Es el gobernante (alcalde, gobernador o presidente de la República) el primer responsable de cada error mediático de la administración que encabeza, aún cuando muchas veces no están relacionados con una orden directa sino por una omisión de un colaborador adscrito a su administración. Estos pueden ir desde un caso de abuso policial hasta un árbol que cayó por la lluvia en una banqueta o vialidad o simplemente una obra que está demorando bastante tiempo y que irrita a los automovilistas. Dichos errores restan popularidad y aceptación del gobernante ante los ciudadanos y este paga de forma casi inmediata.

Nuestros gobernantes de los tres niveles de gobierno se enfrentan día con día a un dilema: gobernar de forma eficaz y asumir un costo político o gobernar de forma bonita, ser popular y quedar bien ante las encuestas. Apreciable lector ¿Qué tipo de gobernante cree merecer usted?

Un gobierno fuerte y de resultados se compone de un entramado de decisiones difíciles y generalmente impopulares. Cumplir con las obligaciones legales conlleva a una enorme responsabilidad y se requiere determinación del gobernante, no discursos evasivos ante los medios de comunicación, tratando de justificar su falta de capacidad.

Pongo el ejemplo de Margaret Thatcher (Primera ministra del Reino Unido desde 1979 a 1990), quien fue en su momento muy impopular por toma de decisiones, por su determinación en corregir los errores de los líderes previos a ella.

Fue profundamente odiada en su primer mandato por un segmento de sus gobernados (crisis con los sindicatos, descontentos por los drásticos recortes a la política social, entre otros). Al pasar los años, muchos analistas políticos la definieron como una gobernante que cambió el rumbo de la historia británica, pues puso al Reino Unido de nuevo en la senda del crecimiento y la prosperidad.

Además fue un liderazgo que influyó fuertemente con sus políticas neoliberales en el exterior; a pesar de sus errores y su impopularidad que una vez tuvo, logró resultados económicos contundentes en la Gran Bretaña de aquel entonces.

En el presente, en México y en diversas latitudes del mundo “moderno” tal pareciera que se está jugando peligroso y complejo juego de “ser popular”, de ambicionar de manejar de la mejor manera la comunicación y imagen pública para ganar adeptos en el corto plazo, “¿quién es más atractivo físicamente al electorado?”, “¿qué político tiene mayor menciones positivas en redes sociales?”. Estos conceptos se dirigen a un sólo objetivo: influir en las encuestas de opinión, pues quién aparezca en primer lugar, es el campeón o campeona de facto, sin embargo esto no garantiza de ninguna manera que sea un gobernante eficaz.

Otro ejemplo es Emmanuel Macron, que al llegar a la presidencia de Francia gozaba de una amplia popularidad y aprobación de entre el 62% al 64% al inicio de su gestión y que se le llegó a definir por analistas internacionales como el “nuevo líder del mundo libre” por su constante protagonismo en la escena internacional.

Una cosa es hacer campaña y otra muy distinta es gobernar, pues al pasar los meses y al intentar poner en marcha su agenda de reformas, fue evidente su carencia de capacidad para gestionar las crisis internas, lo que hizo tocar su nivel más bajo de popularidad.

El descontento llegó a tal grado que hace unas semanas hizo despertar el enojo y esto desató el nacimiento del movimiento de los “chalecos amarillos”, movimiento caracterizado por sus violentas protestas en las principales ciudades francesas. Las graves consecuencias que trajo consigo (muertes y destrucción), hicieron doblar las rodillas del presidente francés y acceder a muchas de sus exigencias, inclusive llegó a decretar el estado de emergencia
nacional.

En conclusión, pareciera ser que los ciudadanos al momento de emitir nuestro sufragio estamos decidiendo consciente o inconscientemente, insisto, influenciados por favoritismos y antipatías personales, en qué tipo de escenario pondremos a nuestros próximos gobernantes y sus gestiones.

¿Estamos dispuestos a elegir a los eficaces o a los líderes carismáticos? considero que en serio ha llegado la hora de reflexionar más el voto; las democracias maduras deben de ejercerse con razón y menos con corazón. Por tanto
esperemos que el presidente de la República, Andrés Manuel López Obrador, se ponga las pilas y gobierne para cumplir sus responsabilidades, no para atender su popularidad y las encuestas.

¿Usted realmente qué opina?

¡Nos leemos próxima semana!

Escríbeme: arturovelamx@gmail.com | @ArturoVelaGTO

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