Aguantar la espera, abrirse espacio entre la gente, pelear un asiento, cuidarse las carteras y aguantar los olores de la multitud al mediodía, son solo algunas de las cosas que se viven arriba del transporte público

Por: Julio Salas

Al subir a la ruta A 26 de Colinas de Plata rumbo a la terminal San Jerónimo el primer comentario que se escuchó fue: “¿Y si van a subir el pasaje?”

Una joven de unos 20 años, pantalón de mezclilla, blusa blanca y chamarra de piel negra fijó su mirada en el chofer que, sin voltear a verla, respondió: “pues es lo que dicen», después volvió a su rutina.

La joven caminó por el pasillo con la unidad en marcha, para no perder el equilibrio levantaba su mano derecha tocando el tubo transversal. Los asientos delanteros estaban ocupados y con maniobras llegó hasta la parte trasera.

Sentada en el asiento detrás del conductor, una mujer escuchó la pregunta de la muchacha y movió la cabeza de manera negativa para después decir “no tienen vergüenza” y terminar su comentario con cara de disgusto.

El tema generalizado era el alza del camión, la mayoría de los pasajeros tenían comentarios en contra, otros, de plano, hablaban de otros asuntos o iban callados, ensimismados en sus celulares, en redes sociales que los evaden del mundo.

El camión ya iba por el bulevar Prisma para dar vuelta en Valle de Temporal y tomar el bulevar Morelos.

Los pasajeros que subían le preguntaban al chofer “¿ya subió el pasaje?» y él respondía “si no ven un letrero donde avise del aumento al camión es que todavía no lo hay».

La pregunta se repetía en cada parada: jóvenes, mujeres, hombres, deportistas, obreros; y es que ya desde hace varios días uno de los temas sociales es el aumento al costo del pasaje. A falta de partidos de futbol, el transporte es buen comienzo de una charla aunque todos terminen molestos e indignados.

Trasladarse en el Sistema Integrado de Transporte tiene sus pros y sus contras. Se puede pagar un solo pasaje y llegar del norte al sur de la ciudad, pero hay que saber en dónde bajarse, no salir o de la terminal o de la estación porque si no se tendrá que pagar otro pasaje.

El peor de los contras es lo tardado que resulta esperar las unidades: un promedio estimado de entre 21 a 45 minutos en el mejor de los casos; en el trayecto hacia la Estación San Jerónimo la gente habla de que en alguna ocasión tuvieron que esperar hasta una hora.

Justo a la mitad de la ruta A 26 un hombre relata a otro cuando en una ocasión tuvo que esperar al camión por más de 50 minutos y, cuando por fin pasó, iba repleta de modo que no hizo la parada: “y me tuve que esperar al otro, ni modo”, dijo resignado.

Su compañero preguntó “por qué no has comprado un coche”, la respuesta vino con un largo suspiro y la señal con la mano de que no había dinero, ambos bajaron la mirada, después cambiaron de tema.

Al llegar a la Terminal San Jerónimo todo es de prisa. Se ven filas de personas en espera de las “orugas”, otros van por los andenes buscando la unidad que abordarán.

A la “oruga” no hay que esperarla mucho en la terminal, quizá de seis a 10 minutos, pero las filas se llenan rápido y cuando se abren las puertas se pierde a veces el orden que llevaban con tal de alcanzar un lugar.

Los asientos azules (o amarillos, depende de la unidad) son exclusivos para personas con discapacidad, ancianos o embarazadas. Unos fingen no saberlo y lo ocupan, el reproche popular viene de inmediato y hay que levantarse con la pena de ser señalado por la multitud.

Pero de nueva cuenta el tema de moda “¿Ya subió el pasaje?”.

La “oruga” 1 salió de la Estación San Jerónimo con muy pocos asientos disponibles. Para cuando llegó al paradero Peñitas terminó por llenarse. Dos  señoras esperaban que algún caballero cediera el lugar, pero como dicen “no es por falta de caballeros, sino de asientos”, así que viajaron de pie.

Pasado el mediodía la “oruga” es un muestrario de olores; desde los intensos hasta los suaves; desde aquellos que recuerdan a las flores hasta los que evocan las pieles escurridas que transportan en camionetas de redilas y que usan en la curtiduría.

Pero otra vez dos temas salen a flote: el incremento y lo mucho que tarda en pasar el camión. Parecería disco rayado pero si eso lo imaginamos en la gente que espera en las estaciones, en paraderos; mientras viajen en las unidades o esperan pacientes en alguna terminal, hablaríamos de que tan solo ese par de comentarios es lo que la mayoría de los usuarios opinan: un transporte caro en comparación con el servicio.

Según una encuesta que publicó Dinamia en el año 2013, cuando el SIT cumplió una década de servicio, señalaban que al menos el 19% de los usuarios pasaban más de dos horas en el camión, ya fuera para llegar a la escuela, ir al trabajo o realizar actividades diarias y detectó a personas que incluso llegan a pasar cuatro horas de su vida en los camiones, trasbordando, en espera de que llegue el camión. Similar a salir de un partido de futbol y de inmediato ver una película. Solo que sin diversión.

Esa misma encuesta reveló que la gente tenía la percepción en 2013 de que lo que pagaban era caro para el servicio que recibían y que el tiempo de espera había incrementado. En 2019 la percepción es la misma.

“Yo estaría de acuerdo que aumentaran el pasaje, siempre y cuando hubiera más camiones para que pasaran más pronto”, dice una persona, palabras más, palabras menos. El grupo de amigos con el que está le reprocha el comentario “no, porque aunque fuera un peso más nos pega en la cartera”.

En septiembre de 2003, cuando se puso en marcha el Sistema Integrado de Transporte, el costo del pasaje era de cinco pesos.

Para abril de 2014 ya costaba nueve pesos y a partir de enero de 2017 alcanzó los 11.
Si actualmente una persona usa el SIT sin pago de tarjeta, es decir 11 pesos, y al día utiliza dos pasajes para cinco días de la semana invertiría 110 pesos. Al mes destinaría 440 pesos. Al año la cifra es de 5 mil 280 pesos. Un número que ya impacta al bolsillo.

La “oruga” se desplaza por su carril exclusivo mientras que el resto de los conductores debe hacer fila bajo el sol de la 1 de la tarde.

Algunas estaciones por la Zona Centro están en remodelación, de modo que la “oruga” utiliza el carril de los automovilistas, en caso contrario, Tránsito municipal aplicaría una sanción de 2 mil 535 a los conductores que invadan el carril exclusivo. Al menos, entre tres a cinco personas lo hacen a diario.

La “oruga” llega frente al estadio. Algunos usuarios se llevan la mano donde tienen la cartera para evitar ser sorprendidos, y es que las estaciones no son del todo seguras; la gente ya sabe que tanto en Estadio, Miguel Alemán, por el Parque Hidalgo y en el Seguro Social, es mejor estar despiertos antes de ser víctimas de los carteristas.

Dos estaciones adelante un folclorista sube a la oruga y empieza a cantar “El Cóndor pasa” y otras canciones andinas, pide algunas monedas y a primera vista no se lleva ni 30 pesos. Para él es un trabajo como cualquier otro, con horario de entrada y de salida, con su tiempo para comer y hasta para ir al baño.

La “oruga” se enfila a la Terminal Delta, los pasajeros se pueden contar con ambas manos. A penas la semana pasada, a esta hora, la “oruga” todavía llegaba a la terminal casi a reventar pero los niños ya están de vacaciones.

De nuevo bajar y buscar el andén adecuado, la meta es El Dorado. Hay varias opciones para llegar allá o bien acercarse. Algunos toman la Línea 4 express, otros la 72 o 96. La que pase primero.

“Lo malo de las vacaciones es que el camión tarda más en pasar”, se escucha en el andén. Hay que hacer la prueba desde que llega la gente al andén hasta que pasa la unidad. Entre uno y otro pasaron 40 minutos.

Han pasado dos horas desde que se abordó la Alimentadora 26 y aún no se llega a destino. Pero la 72 hace entre 40 a 50 minutos.

Por lo que la inversión es de aproximadamente 3 horas de un punto a otro. En automóvil son 14 minutos, aún y cuando en el bulevar Aeropuerto hubiera tráfico.

Redacción

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