Linos que cuelgan lánguidamente de la cabeza de los modelos, cárdigans larguísimos de punto beige con aberturas a los lados acomodados a la usanza del rebozo, inesperados paneles fruncidos en la espalda que sorprendieron a los asistentes, cortes amplios, pantalones amplios y cortos, guiños a medio oriente y una paleta de color que recuerda también a las playas: arena, marrón, verde olivo, gris mármol y un poco de rosa y blanco.
La colección de Trece Room, hecha por Jorge Sánchez, es el resultado del trabajo meticuloso de un diseñador maduro que conoce a su público y posee un ojo comercial agudo que le permite diseñar para distintos escenarios: es apta para la playa, la ciudad, el campo, etcétera. Me parece un acierto ceñirse a una paleta de colores limitada, pues permitió que la colección fuera cohesiva aún en su diversidad de siluetas.



Con reservas, el estilismo fue uno de los puntos fuertes: los corbatines, de los más usados a la manera de broche en la ropa y el pelo, fue un acierto.
El brillo dorado de los accesorios se complementa de manera impecable con la sobriedad de las telas.
Lo mismo ocurre con las bolsas de Marmolbag, colocadas a través del pecho, en la cintura, a modo de cangurera, acompañadas de una parafernalia de correas de piel que contrastan bellamente con las siluetas holgadas de la colección.
El calzado femenino resultó apropiado gracias a la propuesta de Salamandra con sus cortes abiertos, la gama pastel y los tonos neutros, en el caso de los hombres, que calzaban Fabián Arenas, la amalgama funcionó de manera extraordinaria.
En términos generales, Trece Room presentó una buena colección muy a tono con las tendencias del año que, sin ser demasiado disruptiva, contemplaba una propuesta innovadora para ambos sexos que se antoja unisex: el look que llevaba un sarong (un tipo de falda masculina popular en el sudeste asiático) era apta para ambos géneros, así como la serie de túnicas y pantalones que probablemente serán fáciles de vender en distintas departamentales.
MEJZ*