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¡Palomazo Norteño de tres horas convierte la noche en cantina!

Porque hay canciones que no se escuchan: se gritan, se brindan y se cantan, así lo vivieron con Palomazo Norteño en el Palenque
¡Palomazo Norteño de tres horas convierte la noche en cantina!

León, Guanajuato - Con el Palomazo Norteño, el primer domingo del Palenque de la Feria de León no fue una noche más. Fue una de esas que muchos esperan, donde el público llega sabiendo que será una noche larga.

Y no se equivocaron. Raúl Hernández, Eliseo Robles, Rosendo Cantú y Lalo Mora pisaron por primera vez juntos este escenario de la Feria de León bajo el concepto Palomazo Norteño, y bastaron los primeros minutos para que el recinto entendiera que la cantina estaba abierta.

Eliseo Robles deleitó a los leoneses con "Pa' qué me sirve la vida".

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La expectativa venía de antes. Su presentación anterior en León, a mediados del año pasado, había agotado boletos en segundos. Esta vez, dentro de la Feria, el Palenque respondió igual: lleno, público atento y dispuesto a cantar todo. No había sorpresa, había memoria.

Palomazo Norteño en la Feria de León: El arranque que puso a cantar al Palenque

A las 11:40 de la noche, las luces bajaron y el murmullo se apagó. Raúl Hernández rompió el silencio con “Carta abierta” y el Palenque respondió de inmediato. No hubo calentamiento. Después llegó Eliseo Robles con “Pa' qué me sirve la vida”, y la cantina empezó a tomar forma. Rosendo Cantú siguió con “El Palomito”, cantada con atención, y Lalo Mora cerró el primer bloque con “El Rey de Mil Coronas”, ya con vasos arriba.

Cuatro canciones bastaron para que todos entendieran la dinámica: nadie iba a cantar solo.

Raúl Hernández cantó "Carta Abierta".

Una mesa, cuatro voces y 6,000 historias

Desde ahí, el escenario se convirtió en una mesa compartida. Seis mil personas cantaron de pie, brindaron sin parar y dejaron que el frío se quedara fuera. Madres abrazaron a sus hijas mientras seguían cada verso. Parejas se tomaron de la mano. Amigos se gritaban las letras al oído.

El tequila corrió sin parar, los brindis se repitieron y el Palenque funcionó como cantina durante más de tres horas. Nadie parecía tener prisa. Nadie miraba el reloj.

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Las canciones que dolieron y se celebraron

Hubo momentos en los que el canto fue grito. “Prenda querida”, “Cariño dónde andarás” y “Aguanta corazón” se corearon a todo pulmón, con vasos en alto y gargantas apretadas. En otras, como “Un viejo amor” o “Me refiero a ti”, el Palenque bajó el volumen y escuchó, como si la canción necesitara espacio para pasar.

Muchos sacaron el celular no solo para grabar, sino para intentar marcar, mandar audios o dedicar versos que parecían caer justo cuando hacía falta decir algo. No faltaron las risas, los abrazos y los silencios breves antes de volver a cantar.

Cuando la cantina se vuelve fiesta

El ritmo cambió sin romperse. “Los dos amigos” y “El preso de Nuevo León” encendieron el ambiente. Se bailó en los pasillos, se levantaron sombreros y el coro volvió a crecer. La mesa al centro del escenario ya no era un adorno: era el símbolo de una reunión larga, de esas que nadie quiere terminar.

Cada voz tuvo su momento. Raúl Hernández habló con el público como quien platica entre tragos. Eliseo Robles sostuvo la noche con firmeza. Rosendo Cantú cantó con calma, dejando que la nostalgia hiciera lo suyo. Lalo Mora impuso oficio y presencia. No hubo competencia, hubo complicidad.

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La madrugada llegó sin avisar

El Palenque siguió cantando hasta entrada la madrugada. Nadie pidió otra cosa. Nadie se fue antes. Cuando la despedida finalmente llegó, los vasos se levantaron una vez más, las voces ya cansadas siguieron cantando y las familias comenzaron a abrigarse de nuevo, después de tres horas, para regresar a casa, luego de haber visto en vivo a cuatro leyendas de la música norteña.