Por Maricarmen Rivera
Pedían debate, pero no dejaron hablar a ningún diputado o diputada que no fuera de Morena. Incluso se confundieron con el posicionamiento del diputado Alejandro Arias del PRI quien, siguiendo la línea su líder nacional, Alito Moreno -autor de esta reforma constitucional que apasionadamente defienden-, estaba hablando a favor de sus intereses.
Pero no le escucharon nada. Habiendo sido el primero en tomar la palabra luego de que Alma Alcaraz se negara a hablar sin garantías de que todos sus compañeros de bancada lo harían, a Arias lo alcanzaron los más enérgicos abucheos y acusaciones del PRIAN, aunque en ese momento más bien era PRIMOR.
Durante el receso de la sesión, mientras los diputados de Morena alimentaban la protesta tomando la zona de tribuna con mantas y consignas y, el coordinador de su bancada había ido a negociar con la Mesa Directiva y la Junta de Gobierno que se mantenían reunidos al interior en espera de poder reanudar la discusión, Ernesto Millán les explicó que para continuar tenían que guardar silencio y que esa garantía debía llevar de regreso a la reunión. Momentáneamente disminuyeron los gritos, pero la instrucción no fue obedecida.
Instrucción porque era dada a subordinados. Al menos la mitad de los asistentes portaban sus distintivos chalecos del color del partido convertidos en servidores de la nación y con remuneración, al mando de la diputada Hades Aguilar. Si bien toda la ciudadanía debería poder manifestarse en los asuntos públicos de su interés, esto más bien tenía cara de movilización pagada. Las más gritonas en chaleco y los más gritones militantes públicos, como Gómez Escalante.
Aun es comprensible que el tema que ocupaba ayer al Congreso, de fondo, tiene que ver con la inseguridad y la percepción de los guanajuatenses, el único punto a discusión era la extensión de la autorización a las fuerzas armadas para permanecer hasta 2028 en las labores de seguridad pública, lo que matiza (o desvía) la discusión de la militarización de la Guardia Nacional. Es decir, que la Guardia Nacional tenga todo militar, excepto un plan y, dicen, un comandante máximo civil: el presidente de la República.
Pero tratándose de inseguridad las pancartas consignaban toda clase de reclamos relacionados: por los muertos en Guanajuato, por los políticos rateros, porque no quieren al fiscal ni al secretario de Seguridad, y también por la revolución cubana.
Pedían debate, pero cuando salieron los diputados para reanudar la sesión les gritaban “¡Fuera panistas!”. Pedían debate, pero los insultos personales no paraban. Traidores, rateros, vendidos, corruptos, cabrones y bueyes. Para las mujeres que hablaron de su voto a favor, el machismo colectivo aportó nuevos insultos: burras, vendidas, corruptas, pendejas, putas.
Pedían debate, pero con formas delincuenciales cobijadas por el anonimato lo que lanzaron fueron amenazas personales, incluso a un diputado panista le gritaban que sabían en dónde vivía, la tienda y el parque a los que acudía. Y sí lo sabían, el domicilio se escuchó entre los muchos más gritos de todos tipos.
Y entre los muchos conflictos que en el espacio convergían, surgieron también los de grupo y los intereses por la sucesión presidencial. Cuando algún diputado citó las palabras del secretario de Gobernación, Adán Augusto, un sector quiso apagar el señalamiento respondiendo “Es Claudia”.
La diversidad de reclamos, de intereses, de consignas, de apoyos grupales y personales, retumbaba en las altas paredes del Congreso de Guanajuato. No había una intención única ni un entendimiento de la complejidad de la discusión.
Querían debate, dijeron, pero aplaudieron cuando se cantó la votación de 22 a favor y 13 en contra, pensando que habían ganado cuando en realidad el dictamen rechazaba lo que se supone que defendían. Ganó el ruido del megáfono recién comprado.
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