Por Juan Miguel Alcántara Soria
A la deliberación sobre el “humanismo mexicano” recién abierta por López Obrador, conviene aportar ideas que den cauce a proyectos de país que tengan como puntos de partida y de llegada al ser humano. Al no ser dueños del sentido de las palabras -que tienen significados que debemos respetar para no incomunicarnos-, debemos aclarar con una definición aceptable del humanismo, en su propia naturaleza y en su relación con educación, política, economía o derecho.
“Si por humanismo entendemos la concepción y la realización vital de un modelo o tipo de ser humano, se manifiesta de inmediato la posibilidad de aplicar la calificación de humanista a las concepciones más diversas del ser humano y a las realizaciones prácticas consiguientes. Si no se acepta el error relativista que destruye la validez objetiva de la verdad en el pensamiento humano, hay que reconocer que no son equivalentes las diversas concepciones de naturaleza, origen y destino de los seres humanos. De hecho, existen humanismos inhumanos que, por su contenido y sus propuestas, destruyen la realidad verdadera y valiosa de las personas. Por ejemplo, un humanismo materialista, discriminatorio, violento y represivo, no tiene nada de humano. Es por tanto fundamental examinar la verdad objetiva de la idea del ser humano, que se propone como inspiración de la política para poder determinar, si el humanismo de que se trata es verdaderamente humano“.
“El diseño humanista fundamental incluye rasgos humanos perfectamente determinables. La persona es unión substancial de cuerpo material orgánico y de alma espiritual: está dotado de conocimiento sensible y conocimiento intelectual; tiene voluntad como tendencia ilimitada al bien y como libertad, es decir, como capacidad de autodeterminación.
También el ser humano es, esencial y simultáneamente, individual y social: es él mismo y no otro y está abierto por construcción a la interdependencia dinámica con otro seres humanos en la relación interpersonal y social”. En él se da la afectividad o vida sentimental, como la historicidad. Así, “la vitalidad inspiradora del humanismo penetra todos los aspectos del orden jurídico y político”. “Cualquier propuesta o exigencia de distribución aceptable de bienes económicos para niveles de vida congruentes alude de manera inevitable a la dualidad unitaria materia-espíritu en el ser esencial de la persona”. (Efraín González Morfin, “Temas de Filosofía del Derecho”) El “Humanismo mexicano”, fecundado en el encuentro de los mundos europeo e indígena, fue tesis y actitud de Fray Juan de Zumárraga; y centralmente de Vasco de Quiroga, y Bartolomé de las Casas y su “humanismo indígena”.
Tiene por nota “una voluntad férrea por crear un mundo nuevo en el que debía realizarse un paradigma ideal del hombre, concebido libre: preconizaron la igualdad sin distinción de raza, y defendieron la dignidad de la persona humana”. En la “Antología de los humanistas del siglo XVI”, G. Méndez Plancarte registra obras con sabia renacentista, que no modelaron suficiente estructuras educativas, políticas y económicas. Del siglo XX resalta Samuel Ramos con su libro “Hacia un nuevo humanismo” (1940), Efraín González Luna y su “Humanismo Político” (1955), E. González Morfín y “Solidarismo” (1969). (Otros: “El humanismo mexicano como humanismo analógico”, “Los orígenes del humanismo mexicano” publicados por la UNAM). López Obrador no es original.
Isaac Guzmán Valdivia diferencia humanismos: El humanismo trascendental reconoce la jerarquía de valores: materiales, espirituales y sobrenaturales. Impulsa una civilización que incluye ver más allá de este mundo -elemento teocéntrico-. En cambio, el humanismo inmanente, antropocéntrico, desconoce normas de moral social y principios. Considera que cada quien se da su propia norma. El hombre es centro y medida de todo. Enfocado en el aquí y ahora. Los valores materiales se colocan en la cúspide (“Humanismo trascendental y desarrollo”). Urge aprendamos a deliberar, con inteligencia y buena voluntad, sobre proyectos humanistas aceptables, para atender nuestros desafíos.
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