Ciudad de México - La actriz y conductora Dorismar vive uno de los momentos más difíciles de su vida personal y profesional, luego de someterse a diversas cirugías estéticas que derivaron en graves secuelas físicas y un profundo impacto emocional.
Lo que comenzó como un retoque menor en la nariz terminó convirtiéndose en una experiencia marcada por el dolor, la depresión y la pausa obligada de su carrera artística.
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De acuerdo con su entorno, la primera intervención tenía como objetivo corregir una ligera asimetría nasal, un procedimiento común dentro del medio del espectáculo.
Sin embargo, el resultado no fue el esperado. Con el paso del tiempo, el cartílago utilizado en la reconstrucción no respondió adecuadamente, lo que provocó la pérdida de soporte y el hundimiento progresivo de la estructura nasal.
Ante esta situación, Dorismar fue sometida a nuevas cirugías correctivas, todas con la promesa de reparar el daño inicial. No obstante, ninguna logró resolver el problema, y por el contrario, su estado de salud se fue deteriorando.

Los intentos por restaurar la nariz incluyeron limados excesivos, la colocación de implantes que su organismo rechazó y la extracción de tejido de otras partes del cuerpo, como la oreja.
Cada procedimiento agravó las complicaciones, hasta provocar un colapso del tabique nasal, cicatrices visibles y problemas respiratorios.
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El daño que no se ve: depresión y freno laboral
Más allá de las afectaciones físicas, el golpe más fuerte fue emocional. Dorismar enfrentó un proceso de depresión, marcado por la frustración, la impotencia y una profunda pérdida de confianza. Su rostro, pieza clave en su carrera, se convirtió en una fuente constante de angustia.
Como consecuencia, las oportunidades laborales comenzaron a disminuir. Castings, campañas y apariciones públicas quedaron en pausa, no por falta de talento, sino por el temor a exponerse. Ante este escenario, la actriz decidió buscar apoyo terapéutico, con el objetivo de reconstruirse emocionalmente y enfrentar el duelo de una imagen que dejó de reconocer como propia.
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Su experiencia se ha convertido en una advertencia sobre los riesgos del culto a la imagen y la importancia de priorizar la salud física y mental por encima de los estándares estéticos.